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El Desastre de
LOS PROGRAMAS INTERNACIONALES DE AYUDA EXTRANJERA
por Ken Schoolland
traducido por Alberto Mansueti
FIESTA Y HAMBRE: UNA ERA DE IRONÍA
El dinero de la conciencia, popularmente conocido como "ayuda
extranjera", no puede deshacer el daño que hacen a los países en desarrollo las
políticas comerciales y agrícolas de las naciones industrializadas. Mientras millones de
personas padecen hambre en Africa, no es raro leer sobre toneladas de alimento almacenadas en
depósitos o destruidas en EE.UU., Europa Occidental y Japón. Los informes parecen
provenir de distintos planetas: un empobrecido Tercer Mundo sufre, mientras un próspero Primer
Mundo dispone de excedentes alimentarios.
El alimento que se está destruyendo no es el de los restos
acumulados en los platos de almuerzo de los niños. En su lugar, la gran destrucción de
comida es resultado de un programa agrícola oficial para sacar alimentos fuera del mercado interno, a
fin de hacer subir los precios al agricultor.
Desperdicio Planificada
No hace mucho, funcionarios japoneses anunciaron planes para destruir
8.600 toneladas de repollo y rábanos, debido a que sus precios habían caído por
debajo de los niveles "aceptables". Funcionarios de Europa Occidental reportaron haber botado
montañas de mantequilla y ríos de leche, por la misma razón. Y funcionarios
estadounidenses ordenaron quitar del mercado californiano 3.5 mil milones de naranjas "2/5 de toda la
producción" a fin de elevar sus precios.
Carl Pescosólido, un agricultor californiano, tuvo que
hacer frente a pesadas multas porque escogió darles 2 millones de naranjas a los pobres de San
Francisco, antes que dejarlas podrirse en el campo. Las autoridades no siempre lucen amables con la
caridad, a menos que ésta encaje dentro de sus propios planes de asistencia. Su asistencia para
emergencias, en forma de alivio a las hambrunas, acapara titulares; pero esas su-mas miserables son
ensombrecidas por los gigantescos programas gubernamentales que originalmente crean las condiciones de
pobreza.
Casi 100 mil millones de dólares gastan anualmente los
Gobiernos para subsidiar agricultores en los países desarrollados. En el largo plazo, esos
masivos subsidios a los agricultores del Primer Mundo han tenido un efecto destructivo en la capacidad
de las naciones del Tercer Mundo para desarrollar una sana base agrícola, y hacerse
económicamente autosuficientes. Y esto ocurre por dos importantes vías:
Prohibir El Comercio Y Brindar Ayuda
Porque para mantener altos precios internos en los alimentos, los
países del Primer Mundo usualmente emplean una o ambas de estas técnicas:
- Prohibir la importación de muchos productos agrícolas de los países en
desarrollo; y/o
-
Descargar las cosechas en el exterior, a guisa de "ayuda al extranjero".
Tales políticas arruinan u obstruyen gravemente la
inversión en la producción y el campo allí donde es más necesaria.
No es por accidente que mientras las naciones del Primer Mundo restringen el
acceso a sus mercados, gustan alardear de que auxilian a sus desesperados vecinos con
generosos embarques de ayuda. El Gobierno japonés voceará sus nuevos lazos con el
Sudeste Asiático ofreciendo asistencia económica, pero cortará las importaciones de
arroz y pollo deshuesado. El Gobierno de EE.UU. fortalecerá a sus aliados caribeños con
ayuda militar y económica, pero restringirá las importaciones de azúcar y tomates. Y los
Gobiernos de Europa Occidental ofrecerán políticas similares en sus antiguas colonias de
África.
Este comportamiento aparentemente inconsistente, prohibir comercio mientras se
brinda ayuda, es con frecuencia parte de la misma política agrícola. Los políticos,
especialmente en EE.UU. y la Unión Europea, siempre están en la incómoda posición de
tener que disponer de vastas cantidades de alimentos : "excedentes", los cuales se han
generado por sus propias políticas de subsidios. Pero deben hacerlo con delicadeza, para
que estas cosechas "excedentarias" o subsidiadas no lleguen al consumidor interno,
reduci-endo los precios locales de la comida. Así los estadounidenses y los europeos
deben pagar por el azúcar cinco a siete veces más de lo que pagarían en el mercado
mundial. Y los japoneses deben comprar el arroz nacional a un precio cinco a siete veces
superior al del producido por los agricultores de Thailandia.
Como a los países del Tercer Mundo se les prohibe que vendan sus productos a los
del Primero, no pueden obtener las suficientes divisas internacionales que necesitan para
devolver préstamos de desarrollo, o para comprar vitales fertilizantes, tractores, petróleo
y enseñanza. En la medida en que las oportunidades de ganancias autogeneradas
disminuyen, las naciones en desarrollo permanecen eternamente dependientes de sus
benefactores.
La Fabricacion De Cosechas Subsidiadas
En E.UU., esta política agrícola comenzó en 1929. Bajo la Ley de Estabilización
Agrícola [Farm Stabilization Act] la Administración Hoover primero compró y almacenó
257 millones de bushels de trigo [1 bushel = 35 litros], a fin de contentar al bloque
agrícola.
Durante la Gran Depresión, mientras los hambrientos y desempleados hacían fila
por un plato de sopa, la Administración Roosevelt trató de ahorrarse los costos de
almacenamiento, pagando directamente a los agricultores para que sembraran cosechas
menores, tumbando millones de acres de algodón [1 acre = 40 áreas], y matando varios
millones de cochinos y vacas. Así ha sido el despilfarro bipartidista desde entonces. En
1983, los subsidios del Gobierno de EE.UU. casi igualan al ingreso neto agrícola de este
país; y en 1984 ese Gobierno logró sacar de cultivo 82 millones de acres de tierra de
primera calidad, lo cual dejó ocioso un 36% de las superficies dedicadas al maíz, trigo,
algodón, sorgo y arroz. Pero otra vez, y como siempre, nuevos subdidios resultaron en
nuevos excedentes. Y mientras el Departamento de Agricultura [US Department of
Agriculture: USDA] mantenía tierras y equipos fuera del mercado, otras varias ramas del
Gobierno simultáneamente incrementaban la producción agro-pecuaria y abrían terrenos
vírgenes a una agricultura aún más subsidiada.
Con camionadas de pesticidas y fertilizantes a su disposición, el Departamento de
Agricultura condujo programas de investigación y entrenamiento para ayu-dar a los
agricultores a incrementar el rendimiento de sus cosechas. La Administración de Hogares
Agrícolas [Farmers Home Administration: FHA] aportó los créditos a bajo interés, y el
Congreso puso las firmas para la construcción de faraónicos proyectos "especiales" de
irrigación en el desierto. E incluso los seguros contra desastres estimularon a los
agricultores a sembrar en áreas proclives tanto a sequías como a inundaciones.
Así que los embarazosos excedentes contiunuarán amontonandose. Sin embargo
siempre hay una última opción para deshacerse de las cosechas subsidiadas: lo que no
puede ser almacenado o destruido, puede ser enviado al exterior.
Lo Que Ayuda A Los Agricultores Nacionales Puede Perjudicar A Lost Extranjeros
El programa "Alimentos para la Paz" se estableció en los años '50, para deshacerse
de los excedentes agropecuarios no deseados, abrir nuevos mercados para los productos
de EE.UU., y recompensar a aquellos regímenes favorecidos en el Tercer Mundo. (Con
un sesgo bizarro, estos "alimentos" para la paz incluían millones de dólares de tabaco.)
La lógica sugiere que si bien los agricultores estadounidenses se benefician cuando su
Gobierno les compra sus cosechas, los más pequeños y marginales de los países en
desarrollo pueden ser desvastados cuando las mismas son descargadas en los mercados
de sus naciones. En un reportaje, dice la revista británica "The Economist" (Febrero 2 de
1985): "Esta descarga ['dumping'] ha permitido a los miopes gobiernos locales mantener
los precios de los alimentos para el proletariado urbano tan baratos, que los agricultores
nacionales quedan arruinados, y la dependencia de los alimentos importados se convierte
en una rémora para el desarrollo."
En muchas naciones del Tercer Mundo los agricultores no siempre tienen la fuerza
de sus colegas de los países desarrollados. Muchos regímenes represivos del Tercer
Mundo, y asimismo algunas burocracias internacionales y cabilderos políticos, deben su
continu-ada existencia más a los programas de ayuda que a su apoyo popular interno.
Los gobernantes autocráticos pueden más fácilmente mantenerse en las riendas del
poder cuando hay abundancia de riqueza a distribuir entre los corruptos traficantes de
influencia. En tal sentido la ayuda exterior es más probablemente un retardo al desarrollo.
Después de décadas de programas tanto del Este como de Occidente, Etiopía se ha vuelto
casi un ejemplo de manual.
Simplemente no es suficiente medir el interés de un país en los pobres examinando
el aumento anual en la ayuda extranjera, como muchos analistas se inclinan a hacer. El
economista Thomas Sowell revela en su libro "Economía y política de la raza: una
perspectiva internacional" (The Economics and Politics of Race: An International
Perspective) que Tanzania ha recibido más ayuda externa por persona que cualquier otra
nación, y sin embargo su producto por trabajador ha declinado 50% en una década, y se
ha convertido de exportador a importador de grano. De hecho la produc-ción de
alimentos en toda África ha estado disminuy-endo en el decenio anterior, pese a los
continuos programas de ayuda.
Ajustando La Práctica Con Los Ideales
Japón, Europa Occidental y los EE.UU. tienen más que barreras restrictivas para
ofrecer al mundo, y su persistente costumbre de proteger a toda costa a sus agricultores
nacionales. Como lección de su propia historia, los países del Primer Mundo saben que un potencial exportador es crucial para las economías en desarrollo. Pueden alentar
mayores inversiones y crecimiento en el Tercer Mund o simplemente practicando sus frecuentemente abogados ideales de libre comercio.
Los ciudadanos de los países del Primer Mundo deberían estar orgullosos de su
capacidad de alimentar al empobrecido Tercer Mundo y buena parte del anteriormente comunista Segundo;
pero deben reconocer que esta abundancia no se debe tanto a la fuerza competitiva del sector
agropecuario, sino más bien a la de las empresas, trabajadores, clientes, y contribuyentes de
impuestos, que deben soportar las cargas de subsidios y altos precios. Todo esto representa una
pésima asignación de recursos y una pérdida de productividad, tanto para los
países desarrollados como en desarrollo. En todos los países, del Primero al Tercero, es
el pobre quien sufre el resultado.
Es hora de que EE.UU., Europa y Japón brinden un modelo mejor
y más consistente para que el Tercer Mundo siga como ejemplo.
Ken Schoolland es autor del libro "Las aventuras de Jonatán Crédulo: una Odisea
libremercadista" [The Adventures of Jonathan Gullible: A Free Market Odyssey],
ganador de la medalla de Honor George Washington. Profesor de economía y ciencia
política en la Hawaii Pacific University, fue anteriormente economista de la Comisión de
Comercio Internacional [US International Trade Commission] y Asesor Especial de la
Casa Blanca. Es miembro de la Junta de Directores de ISIL.
Este panfleto fue publicado originalmente en 1988, y revisado en Mayo de 1998. Es parte de la serie de panfletos educativos de ISIL.
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