Para dar con su correcta respuesta al problema, la protección
ambiental debe observar el comportamiento de los intereses especiales. Tomemos por ej. las firmas
papeleras que talan los bosques nacionales estadouni-denses. En ellos, y con los dólares
de nuestros impuestos, el Servicio Forestal de EE.UU. construye tres o cuatro sendas de rodar troncos
por cada vía de acceso. De este modo, vastas extensiones de nuestros preciosos bosques pueden
ser derribadas, y aprovechadas por las compañías papeleras a costo muy bajo, reforestando solamente por valor de unos céntimos.
Pero cuando las tierras son de propiedad de las compañías
papeleras – es decir, privadas – sorpresivamente ¡se vuelven ambientalistas leales!
Reforestan sus propias áreas boscosas, cuyas superficies plantadas se incrementan cada año
mientras los bosques nacionales decrecen progresivamente. Incluso el 30% de los beneficios de la
empresa International Paper proviene del uso recreacional de sus bosques en el sur del país.
¿Por qué hay tanta diferencia entre los modos de tratar
las companías papeleras su propia tierra y la propiedad pública? Porque cuando a una
papelera se le permite talar un bosque nacional, tiene poco incentivo para cosechar de manera responsable y sostenible,
dado que no posee garan-tía alguna de acceso al mismo bosque otra vez. Sin propiedad privada,
el planeamiento a largo plazo y consiguiente cuidado de los bosques y selvas simplemente no tienen
sentido económico.
Por el contrario, los propietarios privados sí obtienen
ganancias ciertas del planeamiento a largo plazo, porque en el futuro son ellos mismos quienes
recogerán los frutos de sus esfuerzos conservacionistas. Y si en lugar de seguir con la
propiedad deciden venderla, siempre sacarán mayor precio si está bien cuidada, y ello se
aplica a los bosques.
Bajo estas consideraciones, podemos proponer una estrategia en dos
piezas para la protección ambiental, que puede convertir el deseo de obtener ganancias en un
propósito de ayudar a la madre naturaleza en interés propio: 1) propiedad individual del
ambiente; y 2) responsabilidad jurídica por daños causados a propiedades ajenas.
Posesión De Una Porción De La Tierra: Hace mucho
que los británicos aprendieron a poner un alto a la contaminación de sus corrientes de
agua: los derechos de pesca en ríos y arroyos de Inglaterra son bienes privados, y por ende
pueden ser comprados y vendidos. En el último siglo, los contaminadores han sido llevados a
juicio por celosos propietarios como cosa de rutina, obligandoles a componer o compensar cualquier
daño que hayan causado. Cada propietario aledaño de estos ríos se vuelve de hecho
un protector del ambiente, porque obtiene ganancias personales por cuidarlo y protegerlo.
Una vez, en el Golfo de México, los pescadores de camarón
reclamaron partes del océano como de su propiedad, a título de "instalación"
(homesteading) de una explotación comercial, una inveterada práctica. Incluso constituyeron
una asociación voluntaria para mantener las aguas productivas y evitar la sobrepesca. Pero eso
se acabó cuando el gobierno de EE.UU. se hizo cargo, a principios de este siglo. Tan pronto
como el gobierno de EE.UU. se tomó las pesquerías, así también lo hicieron
los gobiernos del Tercer Mundo con las selvas y bosques, y los intereses particulares se aprovecharon
sin tener que rendir cuentas.
Un elemento importante en la protección de los bosques es el
respeto a los derechos de instalación, que observan aquellas poblaciones indígenas que
exhiben una pauta consistente de uso sostenible. Publicaciones conservacionistas como "Cultural
Survival" [Supervivencia cultural] admiten que el mantenimiento de los derechos de propiedad de los
nativos es absolutamente crucial para salvar las selvas.
La propiedad privada también alienta la preservación
de especies en peligro. Por ej. en Zimbabwe, se respetan los derechos de instalación de los
nativos sobre los elefantes en sus tierras. Implica que como cualquier otra propiedad privada, los
elefantes y sus productos pueden venderse legalmente. Por tanto, los nativos protegen celosamente de
los cazadores furtivos a los elefantes, que son suyos, y muy valiosos. Y tienen incentivos suficientes
para criar la mayor cantidad de elefantes que puedan, a fin de patrocinar comercialmente excursiones
"safaris", y vender marfil, cuero y carne. En ese país la población de elefantes se ha
incrementado de 30 mil a 43 mil en los últimos 10 años. La gente protegerá el
ambiente cuando le pertenezca y pueda aprovecharlo.
De otro modo, cuando los gobiernos tratan ellos mismos por ej. de
pastorear las manadas de animales sil-vestres, el resultado predecible es el desastre. El gobierno de
Kenia reclamó la propiedad de todos los elefantes y pro-hibió su cacería. Y
mientras en Zimbabwe los elefantes se multiplican, en Kenia han declinado un 67% en la última
década.
El medio ambiente que "no tiene dueño" padece de una condición
ya descrita en 1968 por el Dr. Garret Hardin – en la prensa – como "la tragedia de los
comunes", referida a los bienes: la propiedad que "pertenece a todos", es responsabilidad de nadie.
Por ej., los peces del océano, se considera que pertenecen al primero que los capture; por
consiguiente cada quien trata de coger todo lo más que pueda hoy día, antes que su
competidor lo haga mañana. En cambio, si el océano pudiese ser parcelado y loteado –
como ocurrió en el referido caso de las camaroneras - los dueños tendrían un
incentivo para asegurarse que la población marina se mantuviera, y aún se expandiera.
El Contaminador Debe Pagar: Si alguien contamina o destruye la
porción de la tierra perteneciente a otro, debería restituirle o compensarle. En la
práctica podría llegar a ser tan costoso que el contaminador fuese a la quiebra por su
descuido. Y si los ejecutivos de las companías fuesen hechos civilmente responsables en lo
personal por sus actos deliberados de polución, tendrían poco incentivo para envenenar
aire, tierra o agua. Si los contaminadores y no los contribuyentes de impuestos fuesen hechos
responsables por los daños, correrían con las consecuencias negativas de la contaminación.
En conclusión:
La privatización del medio ambiente da a sus dueños el
incentivo para protegerlo. Y asegurar que los contamina-dores y no los contribuyentes indemnicen a sus
víctimas es el mejor disuasivo. Podemos salvar la tierra haciendo que el afán de lucro
opere en nuestro favor y no en contra nuestra. ¿Qué podría ser más
natural?
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La Dra. Mary J. Ruwart es autora del libro Sanar nuestro mundo: la otra pieza de rompocabezas (Healing Our World: the Other Piece of the Puzzle). Ha sido
investigatora cientifica Senior en una gran compañía farmacéutica en el Medio-Oeste de
los EE.UU., y Profesora Asistente de Cirugía en la Escuela de Medicina de la
Universidad de Saint Louis. Pertenece la Junta de Directores de ISIL.
Este panfleto fue publicado originalmente en 1993. Es parte de la serie de panfletos educativos de ISIL.
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